LOS JUEGOS DEL HAMBRE
Nuestra parte del Distrito 12, a la que solemos llamar
Nuestra casa está casi al final
de la Veta ,
sólo tengo que dejar atrás unas cuantas puertas para llegar al campo desastrado
al que llaman la
Pradera. Lo que separa la Pradera de los
bosques y, de hecho, lo que rodea todo el Distrito 12, es una alta alambrada
metálica rematada con bucles de alambre de espino. En teoría, se supone que
está electrificada las veinticuatro horas para disuadir a los depredadores que
viven en los bosques y antes recorrían nuestras calles (jaurías de perros
salvajes, pumas solitarios y osos). En realidad, como, con suerte, sólo tenemos
dos o tres horas de electricidad por la noche, no suele ser peligroso tocarla.
Aun así, siempre me tomo un instante para escuchar con atención, por si oigo el
zumbido que indica que la valla está cargada. En este momento está tan
silenciosa como una piedra. Me escondo detrás de un grupo de arbustos, me tumbo
boca abajo y me arrastro por debajo de la tira de sesenta centímetros que lleva
suelta varios años. La alambrada tiene otros puntos débiles, pero éste está tan
cerca de casa que casi siempre entro en el bosque por aquí.
En cuanto estoy entre los árboles,
recupero un arco y un carcaj de flechas que tenía escondidos en un tronco
hueco. Esté o no electrificada, la alambrada ha conseguido mantener a los
devoradores de hombres fuera del Distrito 12. […]
En los bosques me espera la única
persona con la que puedo ser yo misma: Gale. Noto que se me relajan los músculos
de la cara, que se me acelera el paso mientras subo por las colinas hasta
nuestro lugar de encuentro, un saliente rocoso con vistas al valle. Un matorral
de arbustos de bayas lo protege de ojos curiosos. Verlo allí, esperándome, me
hace sonreír; nunca sonrío, salvo en los bosques.
--Hola, Catnip --me saluda Gale.
[…]
--Mira lo que he cazado.
Gale sostiene en alto una hogaza de
pan con una flecha clavada en el centro, y yo me río. Es pan de verdad, de
panadería, y no las barras planas y densas que hacemos con nuestras raciones de
cereales. Lo cojo, saco la flecha y me llevo el agujero de la corteza a la
nariz para aspirar una fragancia que me hace la boca agua. El pan bueno como
éste es para ocasiones especiales.
--Ummm, todavía está caliente --digo.
Debe de haber ido a la panadería al despuntar el alba para cambiarlo por otra
cosa--. ¿Qué te ha costado?
--Sólo una ardilla. Creo que el
anciano estaba un poco sentimental esta mañana.
[…]
--Gracias, Prim --exclama Gale,
alegrándose con el regalo--. Nos daremos un verdadero festín. –[…]
Observo a Gale sacar el cuchillo y
cortar el pan; podría ser mi hermano: pelo negro liso, piel aceitunada, incluso
tenemos los mismos ojos grises. Pero no somos familia, al menos, no cercana.
Casi todos los que trabajan en las minas tienen un aspecto similar, como
nosotros.
[…]
Gale unta el suave queso de cabra en
las rebanadas de pan y coloca con cuidado una hoja de albahaca en cada una,
mientras yo recojo bayas de los arbustos. Nos acomodamos en un rincón de las
rocas en el que nadie puede vernos, aunque tenemos una vista muy clara del
valle, que está rebosante de vida estival: verduras por recoger, raíces por
escarbar y peces irisados a la luz del sol. El día tiene un aspecto glorioso,
de cielo azul y brisa fresca; la comida es estupenda, el pan caliente absorbe
el queso y las bayas nos estallan en la boca. […]
--¿Sabes qué? Podríamos hacerlo
--dijo Gale en voz baja.
--¿El qué?
--Dejar el distrito, huir y vivir en
el bosque. Tú y yo podríamos hacerlo. --No sé cómo responder, la idea es
demasiado absurda--.


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